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Capítulo 2“No lo sé Cristina. No sé qué coño hace aquí. De repente…estaba ahí. Como sí no hubiera pasado nada. Sonriendo…no sé como se atreve a…”
“Te juro que no se lo conté a nadie Mer. Bueno…sólo nosotros…pero él no lo sabía.”
“Pero sabe usar internet Cristina. Ese no es el problema. El problema es que está aquí. Y sabe que yo también estoy aquí y no quiero verle.”
“¿Por qué? ¿A ti que más te da? Han pasado cinco años Meredith, me has dicho mil veces que…oh Dios mío…no ha cambiado nada.”
“No es verdad.”
“Seguro que en cuanto lo has visto te has ruborizado igual que una adolescente.”
“Pues no. Derek es pasado. Un pasado muy muy lejano. Un pasado doloroso. Humillante. No quiero tenerle cerca Cristina. No lo soporto.”
“Ya…”
Llevaba una media hora hablando con Cristina por teléfono, y aunque Meredith no era consciente, durante ese tiempo se había limitado a repetir constantemente las mismas frases, una y otra vez. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. No entendía que hacía él ahí. Lo suyo murió. Estaba enterrado. No tenía ningún derecho a nada. A reprocharle nada. Derek la crispaba, la ponía nerviosa, pero eso no le preocupaba, ella sabía cómo controlarlo. Lo que la tenía aterrorizada y asustada era otra cosa. Desde que sintió su mano sobre su piel, su cuerpo no le respondía. Sentía un gran vacío en el estómago, y regresó a su habitación a punto de quedarse sin respiración. Ella tenía una nueva vida. Estaba tranquila, se sentía segura, y Derek ya no formaba parte de eso. El se encargó de apartarla de su vida, y ella hizo lo mismo. Por eso se alejó. Él no tenía ningún derecho a regresar de esa forma a ella, como si nada hubiera pasado. Como si fueran dos viejos amigos que se reencuentran después de muchos años. Ellos nunca fueron amigos. Se quisieron y a la vez se hicieron demasiado daño como para serlo. Al menos, ella si que lo quiso…tal vez demasiado. Tal vez, mucho más de lo que él se merecía.
“Sólo ha venido a destruirme de nuevo la vida. No sé qué quiere…”
“Meredith…¿no se te ha ocurrido pensar que a lo mejor sólo quería decirte hola? Ya sabemos que es un imbécil…pero tú…eres tú. Y era tu gran día…”
“¿Por qué le estás defendiendo?”
“No le estoy defendiendo. Pero…dale un voto de confianza.”
“Mira. Me da igual. Porque no le voy a volver a ver. Sólo quiero llegar mañana al aeropuerto y volver a casa.”
“¿Por qué no sales, te das una vuelta, y te aireas?”
“¿Y si…?”
“Por Dios, Meredith…estás en New York…no vas a encontrártelo al doblar la esquina.”
Era ya de noche cuando Derek regresó al hotel Plaza. Si tenía suerte, la noche iría bien y podría hablar con ella, tranquilamente. Sólo deseaba eso, y sabía que no tenía derecho a pedirle nada más. Necesitaba saber si lo que había pasado esta mañana, lo que había sentido al verla y al tocarla seguía siendo real, o era fruto de cinco años de desesperación y soledad pensando día tras día en ella. Años durante los cuales se torturaba a sí mismo pensando en que estaría haciendo o lo que era aún peor: con quién estaría. Le faltó valor para ir detrás de ella, para ir a buscarla y pedirle perdón. Cometió un error dejándola marchar y cometió un error pensando que su matrimonio podía funcionar.
Por eso, al llegar a recepción, puso su mejor sonrisa, se apoyó inocentemente sobre el mostrador y llevó a cabo el primer y único paso de su plan. A partir de ahí, todo dependía de su capacidad de improvisación.
“Hola…soy el Dr. Monroe. Estoy esperando a Meredith Grey…y…podría avisarla?”
La chica encargada de la recepción le sonrió también mientras Derek evitaba perder el contacto visual con ella.
“La Dra. Grey…si, enseguida.”
Pasaron cinco segundos que a Derek le parecían eternos, pero nadie respondió al otro lado del teléfono.
“Lo siento. Parece que ha salido. ¿Quiere dejarle un mensaje?”
“Esto…¿puede decirle que la espero en el bar?”
“Si claro. Será un placer.”
Derek le guiñó un ojo a la recepcionista, antes de marcharse. Volvió a pasearse por el hall, pero no había ni rastro de Meredith. Aún era temprano. Tal vez, había salido a cenar. Lo único que pedía era que por favor, estuviera cenando sóla. Si ese imbécil iba con ella, ese plan estaba desde ya condenado al fracaso.
Se sentó en la barra del bar y pidió un whisky. Fue al acariciar el frío cristal del vaso con la yema de los dedos cuando su mente volvió al pasado, a un bar de Seattle, y a una chica rubia, con un vestido negro, sentada junto a la barra bebiendo tequila sin parar…Recordaba como si fuera ayer cada frase, cada mirada y cada gesto. Y también cada beso. Todos y cada uno de ellos. Esta noche, no iba a acabar igual, desde luego, ni siquiera sabía cómo iba a empezar o si acaso empezaría, pero se debía a sí mismo intentarlo. Se lo debía a su corazón.
Meredith entró al bar del hotel, que estaba completamente vacío, algo confundida. Cuando llegó a recepción le extrañó tener un mensaje de Sam. ¿Por qué no la llamaba al móvil si tenía algo que decirle? Sólo esperaba que no empezara con lo mismo de siempre y se pusiera pesado. Hoy no estaba de humor. Había salido a pasear, y pasó casi toda la tarde sentada en un banco de Central Park, leyendo hasta que empezó a anochecer. Se compró un perrito caliente en un puesto al salir del parque y paseó por la 5ª avenida hasta que se cansó y decidió volver al hotel. Sólo quería meterse en la cama y olvidar este día tan fantástico y tan horrible a la vez. Quería despertarse en su suave y calentita cama de Boston y que la persona que más le importaba en este mundo le diera los buenos días como cada mañana. No necesitaba ni a Derek ni a Sam amargándole la vida.
Pero lo que no esperaba, al cruzar la puerta del bar, era ver a Derek sentado en la barra, bebiendo un whisky. ¿Acaso se hospedaba allí también? Si así era, iba a intentar por todos los medio que cambiara de hotel.
“Tú te has propuesto amargarme el día, ¿verdad?” Meredith dejó caer el bolso sobre la barra, asustando a Derek, que casi tira el vaso al suelo.
“Hola…buenas noches.”
“Sí vale…buenas noches. Lárgate. He quedado con alguien.”
“Yo soy con quien has quedado.”
“Siento decepcionarte pero estoy esperando a Sam.”
“Yo soy Sam.”
Derek al fin dejó de beber, se giró y miró sonriendo a Meredith como si aquello se tratara del chiste más gracioso que jamás le habían contado.
“¿Qué tu…qué?! Idiota!”
Meredith le pegó tan fuerte con el puño en el brazo que Derek se resintió, y aunque intentó pararla, ella le esquivó y le pegó en el otro brazo.
“Oye Mer…cálmate. Por favor…por favor.”
La sujetó por las muñecas, pero ella seguía resistiéndose. Recordó una situación parecida, cuando acababa de conocerla, lo guapa que estaba cabreada…como se le iluminaban los ojos, y sin pensarlo, pero con toda la intención, hizo algo de lo que se arrepintió un segundo después. Le plantó un beso en los labios, que se interrumpió en cuanto Meredith soltó su mano y se la estampó en toda la cara.
“Capullo.”
“¿Vas a dejar de gritar?”
“Sólo si te largas.”
“Una copa y me voy. Te lo prometo.”
“¿Te vas? ¿Cogerás un avión y volverás a casa?”
“En realidad…estoy en casa.”
“Derek.”
“Prometido.” Derek levantó la mano derecha, como si jurara sobre la Biblia, y Meredith resignada, y maldiciendo por lo bajo se sentó junto a él, deseando pasar por esto lo antes posible. “Eh…camarero, póngame otro. Por favor…y para ella te…”
“Agua natural por favor…no pienso dejar que este capullo me emborrache otra vez.”