I'm back again!
Gracias por no haberme abandonado, a pesar de que yo os tuve abandonadas durante meses
Gracias, de verdad!
Capítulo 44A Meredith le dolía demasiado la cabeza como para ni siquiera, intentar abrir los ojos. Se estaba calentita, cómoda y segura en esa cama, y aunque los primeros y débiles rayos del amanecer estaban atravesando el cristal de la ventana, no tenía la más mínima intención de moverse. Ni siquiera recordaba dónde estaba. Pero sí sabía que aquella no era su cama, porque ésta en la que estaba durmiendo era muchísimo más cómoda y además olía a él. Sí…sentía el olor de Derek por toda la habitación. Era el que más le gustaba de todas las combinaciones posibles que ese hombre desprendía. El de por la mañana. A jabón y after-shave. Dulce y suave pero masculino a la vez. Decidió que iba a quedarse dormida, o al menos con los ojos cerrados y simplemente respirar…respirar profundamente.
“Meredith…buenos días.” Derek acababa de besarle en la frente. Sí…era su olor. Pero no estaba dispuesta a despertarse, no tenía fuerzas. Ronroneó un poco igual que un gato, se movió un poco buscando una postura más cómoda y a tientas, sus dedos se encontraron con los suyos y se entrelazaron.
“Aún no tienes que levantarte…es temprano. Estaré abajo, ¿vale? Sólo quería darte los buenos días. En el baño tienes toallas limpias, y por aquí tienes ropa, ¿verdad?”
Meredith asintió en silencio. Seguía sin abrir los ojos.
“Muy bien. También te he dejado café recién hecho, tostadas, bollos…lo que quieras. Nos vemos en una hora en mi despacho. Necesito hablar contigo.”
“Anoché la cagué…lo siento.”
“No pasa nada. Date una ducha…tómate un café…y ven a verme. Es importante.” Derek se incorporó para marcharse, pero Meredith le sujetó el brazo y le obligó a volver a sentarse en el borde de la cama.
“Perdóname…a veces se me olvida que…que tú eres tú…y que yo soy yo…y…lo siento Derek.”
“No pasa nada. No has hecho nada malo Meredith.” Derek la besó en los labios antes de marcharse. “Apestas a tequila Mer.”
Meredith agarró el borde del edredón y tiró de él hasta que la cubrió por completo. Derek rió, consiguió besarla en la cabeza y se marchó.
Veinte minutos después, Meredith, cubierta con un albornoz, y el pelo húmedo, abrió “su cajón”, el que Derek le había vacíado en su cómoda para que dejara parte de su ropa. Como algo tan simple podía ser tan importante. Un simple cajón. Meredith ya formaba parte de esto aunque aún intentaba resistirse. No era el mejor momento, pero no podía evitar pensar que esa iba a ser su vida en algún momento. Y cada vez quedaban menos para las primarias…
Mientras desayunaba intentó llamar a Cristina, pero tenía el móvil apagado. Igual que Izzie. Tenía algunas lagunas de lo acontecido la noche anterior, pero la información básica estaba muy clara en su mente. La habían cagado. Y seguro que Miranda Bailey no iba a estar de buen humor esta mañana…ya se imaginaba el titular
“la novia del Presidente se emborracha y provoca una pelea en un bar”. Addison fue la primera en llegar. Su teléfono comenzó a sonar pasadas las cinco de la madrugada, y la voz de Miranda Bailey se convirtió en su mayor pesadilla. Atravesó los pasillos del Ala Oeste con el rostro cubierto con unas enormes gafas de sol, no fue capaz de renunciar a sus tacones aunque era incapaz de dar más de dos pasos seguidos y su termo de café estaba casi vacío. Necesitaría cantidades industriales de cafeína para sobrevivir durante doce horas. Tenía un pequeño despacho junto al de Miranda, a la que esperaba encontrar en él, esperándola, con cara de pocos amigos. Pero a pesar de las gafas de sol, los ojos somnolientos y el cansancio, al abrir la puerta, pudo distinguir perfectamente el rostro de Mark, sentado en su silla, con los pies apoyados sobre la mesa, una taza de café aún humeante y leyendo el periódico.
“Sal de aquí.”
“Buenos días.”
“Lárgate” Mark cerró el Washington Post, bebió un sorbo de café y sonrió.
“¿Cómo fue la fiesta?”
“No te importa.”
“No hemos hablado casi desde que volvimos de Maine.”
“No tenemos nada de lo que hablar.”
“Yo creo que sí.”
Mark se levantó, rodeó la mesa, y se sentó en el borde, con los brazos cruzados, observando a Addison, su resaca y su termo de café como si fuera lo más divertido del mundo.
“Estoy esperando una respuesta.”
“Has elegido el peor día posible. No estoy de humor.”
“Tú nunca estás de humor. Si tengo que esperar a que estés de humor para pedirte una cita, moriré esperando.”
“Te voy a ahorrar la espera. No vamos a tener ninguna cita.”
“¿Por qué no?”
“Porque tú y yo no funcionamos así. Ni siquiera sé como funcionamos.”
“Nena..hay una forma en la que tú y yo siempre funcionamos.”
Sin dejar a Addison con capacidad de reacción la agarró de la cintura, la levantó y la sentó sobre la mesa, colocándose entre sus piernas y a punto de rozar sus labios, le quitó las gafas de sol y esperó a que ella se rindiera. Sus labios casi se rozaban, Addison estaba a punto de dejarse llevar, pero la puerta se abrió de golpe y Miranda Bailey apareció tras ella.
“¿En este edificio no sabeis hacer otras cosa? ¿Qué os dan cuándo cruzáis esa puerta? Largo de aquí Sloan.”
Mark cogió su café, su periódico y se marchó, mientras Addison, intentaba recomponerse y buscaba sus gafas de sol. No iba a dejar que nadie la viera mientras no encontrar diez minutos para maquillarse y tapar el desastre que era su cara. Pero al parecer, Miranda tenía otras planes.
“Espero que estés lo suficientemente lúcida. Tenemos un problema.”
Dejó una carpeta sobre la mesa y Addison la abrió. Era una foto bastante borrosa, estaba claro que había sido tomada con un teléfono móvil, pero se veía claramente a Meredith Grey, siendo arrastrada por el servicio secreto fuera de ese bar. Incluso ella y Cristina también salían en el fondo.
Derek tenía la puerta cerrada cuando Meredith llegó. En su cabeza aún había un concierto de tambores a todo volumen, pero había pasado por cosas peores. Sólo era una resaca más. Comprobó que no había mensajes, y llamó a la puerta, golpeando con suavidad la madera blanca que separaba el despacho presidencial del mundo real. Oyó la voz de Derek permitiéndole pasar y entró en el despacho oval. Derek estaba pegado al teléfono, pero tuvo medio segundo para levantar la mirada y sonreir a su novia. Richard, que estaba sentado en un sofá junto al almirante Fitzwallace, Jefe del Estado Mayor, la saludó con la mano.
Derek tapó durante un segundo con la mano el teléfono, para poder hablar con Meredith.
“Meredith, cinco minutos. Te llamo cuando acabe aquí.”
“Claro señor, estaré fuera.”
Meredith volvió a su mesa, y marcó el número del despacho de Cristina. Al fin, su mejor amiga se dignó a contestarle el teléfono.
“¿Dónde te habías metido?”
“Yo y mi resaca no nos estamos llevando bien. ¿Tú que tal? Te he llamado a casa esta mañana.”
“He dormido aquí. Una larga historia. Y Derek quiere hablar conmigo. Dice que es importante.”
“¿Está cabreado?”
“No…al menos no lo parece. Pero la cagamos Cristina…¿cómo es que de repente apareció todo el servicio secreto en Joe’s?”
“Eso fue mi culpa. El botón del pánico.”
“¿Fuiste tú?”
“No hagas que me despidan.”
“Debería hacerlo.”
Meredith estaba muy entretenida, girando en su silla mientras hablaba por teléfono y ni siquiera vió como alguien entraba con cara de pocos amigos y dejaba caer un periódico sobre su mesa. Sólo reaccionó cuando oyó esa voz que no había hecho otra cosa que humillarla y amargarle la vida durante 27 años. Ahora si que su día iba a ser un completo infierno.
“Sabía que esto pasaría Meredith…lo sabía.”
De repente la resaca había pasado a un segundo plano. No tuvo voz ni para despedirse de Cristina. Sólo fue capaz de colgar el teléfono, y mirar con pavor la portada del periódico que había sobre su mesa. Ahí estaba ella, siendo arrastrada fuera del bar por miembros del servicio secreto, pero eso no era lo peor. Dentro del infierno en el que ya estaba viviendo aún había espacio para otra cosa más. Ese derecho que a juzgarla que su madre siempre creía que tenía.
“Mamá, ¿qué haces aquí?”
“No eres capaz de comportarte Meredith. Ni siquiera en una situación como esta. Pensé que habías madurado…que todo esto te había hecho cambiar. Pero sigues siendo la misma irresponsable, la misma inconsciente de siempre. Sigues siendo una niña.”
Aquello fue demasiado para Meredith. No podía soportarlo. Y mucho menos iba a permitir que su madre apareciera allí, en su trabajo, para juzgarla y para humillarla. Dio un golpe en la mesa con las dos manos, se levantó y mirando a su madre fíjamente gritó. Gritó como nunca lo había hecho.
“¡¡¡No te consiento que vengas aquí a decirme como dirigir mi vida mamá. Hago lo que me da la gana y no tienes ningún derecho a…”
“Ya no eres una persona cualquiera Meredith Elizabeth Grey!!!”
“No me llames Meredith Elizabeth Grey. Sabes que lo odio!!!”
Ninguna de las dos fue consciente de que la puerta del despacho oval estaba abierta y de que Derek observaba la escena con la boca abierta, estupefacto y sin tener la más mínima idea de que hacer para solucionarlo.
“Señor…le dije que hablase con ella… le avisé.”
“Gracias Richard…muchísimas gracias. Meredith que es lo que…”
Pero Meredith estaba ocupada peleándose con su madre. No podía interrumpir eso para explicarle a su novio que su madre era una perra sin corazón.
“No puedes ir por los bares emborrachándote como si fueras una cualquiera!”
“Yo no soy una cualquiera. Y no estaba borracha! ¿Y quieres saber por qué estaba en ese bar?”
“No tengo el más mínimo interés.”
“Pues te lo voy a decir. Porque he aprobado Derecho Mercantil. Sí mamá. Soy una irresponsable que ha sacado un notable alto en Derecho Mercantil. Y salí con mis amigas, con la gente que me quiere y con la gente a la que le importo a celebrarlo. Eso es lo que hice.”
“¿Sólo un notable alto? ¿Y eso es motivo de celebración? Me decepcionas de nuevo Meredith.”
“¿Sabes qué mamá? ¡¡¡VETE A LA MIERDA!!!”
Meredith recogió su abrigo y su bolso, y ni Derek pudo pararla. Tuvo que llamar a un taxi, que la llevó a casa, mientras ella en el asiento trasero intentaba contener unas lágrimas que estaban deseando escapar de sus ojos. Sentía que le faltaba el aire y que cada vez le costaba más respirar, pero su mirada seguía clavada en esa portada de periódico que se había llevado antes de salir de la Casablanca. ¿Y si su madre tenía razón y estaba arruinando su vida? Y lo que era aún peor: la vida de Derek.