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Rafiki siguió tocando con ritmos cada vez más rápidos, alternando golpes fuertes y profundos que resonaban en la cueva como pisadas de gigante, con rápidos redobles que parecían imposibles de hacer para sus viejas manos. Mientras Adonis comenzaba a bailar, el viejo simio empezó a canturrear entre dientes algo que el mago blanco no entendía, pero que se le antojaba muy familiar. De no ser porque la cueva se movía tan rápido como si estuviera echándole una carrera, quizá se habría molestado en entender realmente lo que Rafiki cantaba.
No era que pudiera entenderlo, claro, pero las palabras quebradas y cantadas por el peludo chamán le traían recuerdos. ¿Qué recuerdos? Como si pudiera verlos. Las figuras pintadas en la pared salieron de la dura roca y se pusieron a hacer su propias danzas, versiones suyas del ritmo del tambor.
La cadencia era cada vez más rápida. No perdió el hilo ni una sola vez. Se diría que Rafiki estaba tocando algo que todo el mundo conocía, y que no pasaría nada si se saltaba un par de golpes; cualquiera con oídos sabía desde lo más profundo de su ser cómo sonaba esa canción.
El ritmo aceleró a un más, y el tambor fue golpeado con menos fuerza pero aún más velocidad, alcanzando un verdadero paroxismo, hasta que repentinamente.. se detuvo.
Adonis también se detuvo. De repente le habían abandonado las fuerzas. Quizá pensara que el redoble del tambor era lo que le había mantenido en movimiento más que otra cosa. Tenía los ojos entrecerrados, como si estuviera muerto de sueño, pero seguía de pie. Junto al tambor, Rafiki salió del trance en que parecía haber entrado. Aunque ya no tocaba el tambor, seguía canturreando la misma melodía en ese idioma que Adonis no reconocía, pero que entendía a nivel subconsciente. Agitando las calabazas de su bastón, el viejo simio se levantó y se acercó a Adonis. Le miraba con el mismo ojo crítico con que un médico analizaría a un paciente que se cree enfermo de algo que no tiene. Con paso lento, caminó a su alrededor, dando tres vueltas. A cada vuelta, Adonis vio cómo las pinturas de la roca, que habían bailado con él, regresaban poco a poco a sus lugares. El canto se hizo más bajo, más susurrante, hasta que se acalló por completo.
Lo siguiente que notó Adonis fue el contacto del cayado contra su peluda cabeza, y todas las imágenes de la pared de roca le despidieron agitando la cabeza. ___________________________________________________________________
FDI: continuará...
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